lunes, 26 de septiembre de 2011

Encuentro casual y memoria del 19 de septiembre de 1985 en Tlatelolco

Ceremonia del 19 de setiembre 2011 en la huella del edificio Nuevo León
Aurelio Cuevas


Pocos días después de la reciente conmemoración del sismo del 19 de septiembre de 1985, durante mi ejercitación física matinal en el Jardín de Santiago –ubicado en la esquina de Reforma Norte y Ricardo Flores Magón-, escuché una voz lejana al parecer dirigida a mi. Voltee pero no me percaté de donde procedía. Dio otra vuelta corriendo en derredor del parque cuando vi un hombre acercarse diciéndome: “¡Oye! ¡Oye!... ¿Tu vivías aquí? – levantó una mano señalando al edificio Querétaro- ¿Te acuerdas de mí?”.

En ese momento me detuve. En efecto, aquel era un ex-vecino del Querétaro, el Dr. David López Reyna, quien había comprado un departamento en el inmueble pocos meses antes del sismo de hace 26 años, mismo que habitaba con su esposa y su pequeño hijo. Su rostro no había cambiado pero su cabello negro estaba ya poblado por la blancura. Comenzamos a charlar, y recordamos lo ocurrido esa fatídica mañana. Tras el sismo David fue con quien primero tuvimos contacto mi familia y yo. Juntos nos asomamos por una terraza del edificio con vista al norte divisando con asombro como en el costado oriente se levantaba una enorme nube de polvo amarillento cuyo telón de fondo era un intenso sol matutino… a un lado se erguía el único módulo que había quedado en pie del edificio Nuevo León.

En aquel 19 de septiembre David y yo recorrimos el edificio para saber como andaba el resto de los vecinos. Ayudamos como pudimos a los residentes que se habían quedado encerrados porque la puerta de su departamento se había trabado con el temblor. Se veían las grietas que el sismo había dejado en las paredes del edificio y las del interior de los departamentos. Antes del mediodía todos los vecinos del Querétaro habíamos desocupado el edificio, haciendo del Jardín de Santiago nuestro punto de reunión.

En los días posteriores al sismo me comentó David que participó activamente en las labores de rescate de la gente que quedó bajo los escombros del Nuevo León. Me contó una anécdota de un periodista al que golpeó en la cara cuando estaba auxiliando a una mujer para salir de entre los bloques de concreto del caído inmueble. “Fue algo accidental –me dijo- porque el tipo estaba prácticamente echado sobre mi espalda, lo cual limitaba mis movimientos para que pudiera sacar a la señora. Moví mi codo hacia atrás de modo mecánico y entonces ocurrió el trancazo. El hacía su trabajo pero también obstaculizaba que se hiciera rápido el rescate de los sobrevivientes”.

Debido a su trabajo el Dr. David emigró a la ciudad de Mexicali, en Baja California, tras cobrar una indemnización de $50 mil pesos por su departamento en el Querétaro. En esa ciudad fronteriza el gobierno –a través del ISSSTE- le ofreció una casa, pero al querer tomar posesión de la misma se encontró con que estaba invadida y no pudo habitarla. Me dio a entender que tardó en adaptarse a un medio muy distinto al capitalino.

Le pregunté que estaba haciendo en ese momento en Tlatelolco, y dijo:

-“Uno no puede olvidarse de aquel día, no solo se vino abajo el Nuevo León sino nuestra vida se trastocó radicalmente…Desde hace dos años regresé a la ciudad de México para encargarme del área médica de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, pero voy a jubilarme y me regreso a Mexicali donde está mi familia. Antes de irme allá sentí ganas de darme una vuelta por este lugar…”.

-“¿Sentiste nostalgia?” – le pregunté en ese momento-, y respondió:

-“La verdad sí, en el breve tiempo que viví aquí la pasé bien… ¿Y qué pasó con el resto de los vecinos? ¿Cómo están tus papás?” –me inquirió-:

- “Hasta donde me enteré –dije- solo dos residentes originarios regresaron a vivir al Querétaro. Todos los demás se marcharon a otro lado. Yo me casé y vivo en otro edificio de la Unidad…Mis papás ya fallecieron”.

Mi interlocutor se quedó pensativo, tal vez haciendo remembranza del tiempo transcurrido desde aquella fecha hasta el presente, y dándome un cálido abrazo me dijo:

- “Bueno, me da gusto haberte encontrado aquí de nuevo después de tanto tiempo. Tengo ya que marcharme para organizar mi viaje a Mexicali. Que la pases bien.”

Nos despedimos, pero en el breve momento que charlamos rememoramos un hecho importante que marcó no solo nuestra vida sino la de muchos otros que vivieron un evento que marcó hondamente la historia reciente de la capital.

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