miércoles, 21 de marzo de 2012

Compañera del edificio 10 del ISSSTE, en Tlatelolco


Por Adrián Arellano Mora*


Sí, la enigmática e inolvidable Saray Van Käss fue mi compañera en el tercer año de secundaria ambos asistimos a la número 83, la que se encuentra en Tlatelolco.
En torno a Say -como se le conoció a ella- siempre existió un halo de misterio de su personalidad. Pues, aunque su apellido era de origen alemán, en los hechos era todo lo contrario.
Más bien parecía latina. Recuerdo bien sus facciones de la Say; su sonrisa iluminaba su rostro apiñonado claro, su cabello color negro ondulado y sus expresivos ojos verdes. Era algo así, como ver a la cantante Cristina Aguilera con su pelo en tono negro, muy simpática.

Secundaria No. 83 "Valentín Gómez Farías", en la segunda sección. 


Van Käss siempre les comentaba a sus amigas del salón que quería ser una escritora y reiteraba su interés por la historia de México. ¡Ah!, por cierto, siempre le gusto la música disco.

En cierta ocasión, le comente y revele a Iván que Saray acababa de mudarse al edificio 10 del ISSSTE –en donde viví varios años- y que me sentía doblemente feliz porque además de ser compañera de la escuela, ahora –de la noche a la mañana- también era la nueva vecina, vaya sorpresa.
Pero a pesar de las bondades que la vida me ofrecía, existía para mí un lamentable obstáculo. Siempre se me dificulto dirigirle la palabra a la bien y deseada Say. Por más que buscaba la manera de acercarme a ella, ningún remedio por muy mágico que pareciera surtió el efecto anhelado: tratar que fuera mi novia, o acaso, mi mejor amiga.
Pero un día del mes de marzo de 1976, algo extraño sucedió:
Resulta que después de estar platica y platica con René y Carlos se hizo noche y entonces nos despedimos y me dirigí a la casa. Llegando al edificio aborde el elevador y justo cuando arribe a la terraza… ¡ZAZZZ! Que se va la luz.
En la penumbra me encamine al departamento y con tan solo contando con el brillo de la luna, me dispuse a reposar en la recámara. Cuando me acuesto y volteo hacia mi  izquierda lo que vi no lo podía creer.
A mi lado estaba ella… ¡¡¡ sí, la mismísima niña enigmática!!! que impacto me llevé.
Entre la emoción e incredulidad la observé y traté -lo más que pude- de no espantarla y me dispuse salir ahí lo antes posible, cosa que lo conseguí.
Al día siguiente me encontré a Saray en el ascensor y mirándome, de una manera especial, me dijo:
- Oye Andresito, el otro día te soñé y recuerdo que me pedías sí te ayudaba para el examen de historia universal, que te parece si mañana saliendo de clases pasamos a mi casa, ¿qué me dices?
- ¡Sí, claro! le respondí de inmediato.
Y en verdad, les confieso que en aquellos instantes –en lo más profundo de mí ser- pensé: la carismática Van Käss es una chica de diez.
* Publirelacionista.

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