domingo, 8 de julio de 2012

Historias y Memorias de Ciudadanos Tlatelolcas:

Con el periodista Juan Chávez Rebollar:

Juan Chávez Rebollar
Por Ignacio Arellano Mora


El 14 de marzo de 1949, Juan Chávez Rebollar empezó a formarse a las filas del periodismo, ingresando al periódico “El Nacional”, por lo que expresó: “me gustó y apasionó, sigo siendo periodista.

Recordó,“por exigencia de mi mamá, ingresé en 1951 a la Escuela Nacional Preparatoria, de la UNAM, allá en la calle de San Idelfonso, hice primero y segundo año, entonces, la preparatoria sólo era dos años. En 1953, me inscribí en la Escuela Nacional de Jurisprudencia, también sobre la calle de San Idelfonso y Argentina, del Centro Histórico de la Ciudad de México”.

A pregunta expresa sobre las funerarias que predominaba a finales de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, fijó su mirada y recordó que “en las calles de Jesús Carranza, Peralvillo, entre otras, estaban nutridas de funerarias, muy modestas, que obedecían a la gran demanda que había por el número de muertos naturales y por homicidio”.

“Yo me acuerdo, de unas ocho o diez funerarias. Había dos de nombre García que estaban: una en la calle de Peralvillo y otra en la calle de Matamoros”, precisó.

Nos ubicó que “una de las necesidades que planteó, a finales de la Segunda Guerra Mundial, en donde México fue surtido de los Estados Unidos, para no hacernos de la boca chiquita, en primer término, la producción del ron”.

Salía poco a poco las palabras de su boca, pero muy seguro, de lo que decía, que “hubo un ron que se llamó “Potrero”, fabricado en el Estado de San Luis Potosí, que los gringos demandaban en cantidades, en volúmenes fabulosos ¿por qué?, porque la tropas de alguna manera tenía que ser estimulada para entrarle a los balazos”.

Pausadamente y con una voz clara, agregó que “luego, a la vez, estuvo la demanda de la marihuana. La enorme demanda de los gringos por la marihuana, también, nace a consecuencia de la Segunda Guerra Mundial. Las tropas gringas necesitaban del estímulo para estar capacitados o en actitud irresponsables, si quieres, de entrarle a los granadazos, a los balazos y los bayonetazos, porque entonces no había el misil que ahora hay y mucho menos el disparar a distancia”.

Por lo que, resumió, “Tlatelolco fue surtidor de esos dos productos que Estados Unidos requirió para hacerle frente a la guerra, ron y marihuana. ¡Ahí! de la garita de Peralvillo salía esos productos”.



Por esa zona estaba la aduana, lo que viene siendo la del pulque…

“Ese es exactamente en donde arribaba los trenes de carga, la garita de Peralvillo. Ahí llegaban los trenes cargados de pulque”, los ojos se iluminaron al recordar este tema.

Aumentado poco a poco la voz, Juan Chávez, expresó que “en esos barrios lo más socorrido eran las pulquerías, por lo menos habían una en cada esquina, ¡era clásico!”.

Han desaparecido muchas, probablemente existan algunas, ¡no lo sé!, hace tiempo que no ingreso a esos lugares, aclaró.

También, señaló que las escuelas, “allá, eran muy escasas. Enfrente del Jardín Santiago Tlatelolco se encontraba la escuela Secundaria 16, en donde me eduque, entre los años de 1944-1946, y pegado a ella estaba una biblioteca, que constituyó, el lugar que además de ir a estudiar, iba a leer. Ahí, me convertí, como muchos llamamos “ratón de biblioteca”.

Como un golpe a la memoria, expresó: “¡ahhh! a propósito, también en aquellos barrios estaban llenos de zapaterías y eran muy comunes los crímenes con cuchillo, que se atribuían precisamente a los zapateros que dejaban la hora de trabajo en sus talleres familiares y se metían a la pulquerías o las cantinas que eran numerosas en aquellos barrios”.

Obviamente, indicó, “llevando como arma para defenderse el cuchillo que usan los zapateros. Eran abundantes los crímenes y todos estábamos convencidos que eran entre zapateros. Como ahora serán los que son las bandas de los narcos”.


SE CONVIERTE EN UNO DE LOS GRANDES BARRIOS

Haciendo un poco de historia, precisó el periodista y columnista que “a Tlatelolco hay que ubicarlo en los tiempo prehispánicos. Fue el segundo mercado en importancia en lo que era en la antigua Tenochtitlán. El principal mercado se hallaba en los costados de lo que hoy es Palacio Nacional y Suprema Corte de Justica de la Nación y que llegó llamarse en la época de la Colonia El Voladero”.

“Pero Santiago Tlatelolco, el nombre de Santiago le viene de la Colonia, pero, como barrio de los antiguos Aztecas simplemente era Tlatelolco”, aclaró.



Muy pensativo, nos expresó que “Tlatelolco, andando el tiempo, se convierte en uno de los grandes barrios de la Antigua España”.

Sentado y apoyándose en su bastón, dijo, “empieza a surgir en los años de 1900, como un barrio de construcciones eminentemente coloniales y cobra de nuevo su importancia como mercado porque a uno de los grandes costados de ese barrio existía la garita llamada “El Peralvillo” que era a donde arribaban los trenes”.

De hecho esa garita constituyó el arribo de Ferrocarriles, principalmente, de carga. Todos esos terrenos incluidos los del Jardín de Santiago Tlatelolco, que le dieron nombre, y los del cuartel militar que se hallaba enfrente. Todos esos terrenos, repitió, constituyen ahora la sede de la Unidad Habitacional Tlatelolco.

Todo lo anterior, apuntó, “recuerdo perfectamente, porque yo viví sobre la avenida Peralvillo, es decir, a la calle paralela a lo que entonces era la calle de Santiago Tlatelolco”.

Repasó, “por esa ruta que es la propiamente la prolongación de la avenida entonces conocida como Niño Perdido, Aquiles Serdán y hoy Eje Central, transitaban dos líneas que invariablemente podía uno tomar para venir desde los barrios de Tacubaya o el Santiago Algarín que venía desde la colonia Obrera, si no mal recuerdo, por todo el Eje Central Lázaro Cárdenas”.

Con su cara expresiva, manifestó que “eran los fabulosos tiempos que el transporte costaba 10 centavos y por quince centavos adquiría uno la planilla para dos pasajes, lo era ida y vuelta”.

También, agregó, “circulaba por esa calle un tranvía, que no recuerdo exactamente, hasta dónde llegaba”.

Pero lo sorprendente es, señaló, “para dar idea del enorme cambio de los tiempos, que al barrio de Santiago Tlatelolco al que estoy haciendo referencia y sobre todo a esa líneas de autobuses de Santiago Algarín y la chorrito Tacubaya que eran unos autobuses de color café fuerte, circulaban todo el día y gran parte de la noche”.



“Yo salía del periódico “El Nacional” y me iba caminado por toda la Alameda hasta el Correo y ahí, a los dos y media o a veces y a las tres de la mañana abordaba mi camión para llegar a la calle de Constancia y Tlatelolco, donde me bajaba y caminaba cuadra y media para llegar a mi casa. Era una muy vieja vecindad que la consumió un incendio muchos años después”. Y así concluyó Juan Chávez, quedando para después, muchos recuerdos.



arellanoamigo@yahoo.com.mx

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