viernes, 27 de septiembre de 2013

Tlatelolco: tres culturas; tres infortunios y una esperanza: vivir en paz

Por: Francisco Martínez Hernández

Mercado de Tlatelolco fragmento del mural: que se encuentra en la Secundaria Diurna 16

El sol nuevo, el de un nuevo día, ilumina el cielo azul y blancas nubes avanzan lentamente dibujando formas y figuras que se disipan para luego aparecer otras. En la tierra, un viento suave y fresco, juguetea con las plumas de Quetzal que lleva consigo el heroico  Cuauhtémoc quien contempla un bello paisaje que al recordarlo lo dejaría registrado en su ordenanza: “Aquí ponemos y asentamos en la forma que hallamos la laguna grande, como atijerada: Sus olas como plata y brillantes como el oro, tan fragante y oloroso, donde fundamos nuestro pueblo de Tlatelulco…” Pero antes, de este panorama, en Tlatelolco, que significa en náhuatl montículo de tierra, los teotihuacanos pescaban en sus limpias y tranquilas aguas.


Los tlatelolcas, familias que se separaron de la gran Tenochtitlán, en el año de 1338, fecha de la fundación de ésta ciudad, eran gente pacífica a las que poco les importaba la guerra y mucho el comercio que llegó hasta las costas del Golfo de México y del Océano Pacífico. Al tianguis o gran mercado de Tlatelolco, se paseaban y compraban distinguidos señores de entonces como los tlatoani o representantes del imperio azteca; los tlaciuhqui, astrónomos u observadores del cielo; los tlamatini y los tetlachiuan, sabios consejeros y adivinos hechiceros, respectivamente; también asistían los tlacuilo y los cuicapicqui, artistas que escribían códices y elaboraban cantos como aquel de profundo pensamiento, acerca de la existencia humana, escrito por el príncipe Ayocuan y que ahora se encuentra grabado en la parte superior de la puerta de la primera sala de nuestro admirado Museo de Antropología en Chapultepec y que expresa: “¿Tendré que pasar como las flores que se marchita? ¿No quedará nada de mi nombre? ¿Nada de mi fama en la tierra? ¡Por lo menos flores! ¡por lo menos cantos…..!”

Bajo los altos y bellos volcanes (el Iztaccíhuatl y el Popocatepetl) en el espacio y el tiempo, en el agua y en el viento, se extiende el entonces hermoso Valle de México y en él, la gran Tenochtitlán, y la segunda ciudad más importante: Tlatelolco; en donde se admira la armonía natural y se respira paz y tranquilidad.  Pero esta visión, no tardaría mucho en enturbiarse y enrarecerse, pues los cantos, la música y las danzas de han callado para escuchar los cascos de los caballos y los ruidos de muerte que producen los arcabuces y las espadas al ser utilizadas, pues la conquista ha llegado y con ella, la destrucción y el saqueo, dejando dolor y llanto prácticamente en todos los palacios y chozas del que fuera el esplendoroso mundo prehispánico.

La leyenda continúa…. Y un caballo inquieto con un jinete inquietante: Hernán Cortés clavando su codiciosa mirada en Tlatelolco le informa a sus reyes que Tlatelolco es como dos veces más grande que la ciudad de Salamanca. No obstante, hay que derrumbarla junto con sus dioses, sus pirámides y monumentos; para imponer a un único Dios que a un mismo tiempo es tres y que además, es todo poderoso y que por ello habría de construírsele  claustros e iglesias con las piedras de las pirámides; y para afianzar la mitra y justificar la barbarie afirman que la religión de los “indios”, sus ídolos, sus palacios, sus jeroglíficos y sus leyendas, eran obra del demonio. Pero el hambre, la peste y la “santa” inquisición representaban la paz de Cristo. Así el exterminio de una civilización grande y bella, fue casi total. Pero, como el ave fénix que de entre las cenizas resurge, los franciscanos al edificar el colegio imperial de Santiago Tlatelolco, se dan cuenta del talento, de la inteligencia, de la laboriosidad y del conocimiento de los “indios”, a los que les enseñan las primeras letras del castellano, y les imparten el latín para formar sacerdotes indígenas. En este colegio se elaboraron los códices Badiano y Tlatelolco.

Al estallar la revolución de la independencia de México, el claustro-colegio de Santiago Tlatelolco se convirtió en prisión, en donde con el tiempo se dieron hechos de lo más interesantes como, por ejemplo, la fuga de Pancho Villa el famosísimo guerrillero de la Revolución Mexicana.  Tlatelolco, es histórico y esto lo distingue. Sus acontecimientos y descubrimientos han merecido, a lo largo del tiempo, la atención de diferentes profesionistas.  Pero desde los calpullis hasta los actuales edificios, concebidos por el arquitecto Mario Pani, Tlatelolco se encuentra ubicado en esa “trama histórica proyectada en las tres culturas: el mundo prehispánico, con sus vestigios arqueológicos; el barroco colonial, con su iglesia del siglo XVII y los actuales edificios aún modernos.  Tres culturas Sí pero también tres hechos que han dejado honda huella:  La conquista española, el movimiento estudiantil del 2 de octubre de 1968 y el terremoto de 1985.  Y, sin embargo, Tlatelolco sigue en  pie.

El Tlatelolco de esta hora, es una ciudad dentro de otra gran ciudad, como cuando era la hermana de Tenochtitlán; Y sus problemas como el de los servicios públicos, son similares y compartidos; por ejemplo, la seguridad:  Los elementos de la policía auxiliar, preventiva y delegacional, que andan a pie, en motocicleta, en patrulla o en bicicleta, parecen insuficientes ante los actos vandálicos y hasta da la impresión de que aquellos están mejor organizados que la policía. 

Tlatelolco, ahora, merece vivir mejor con paz y tranquilidad.  Con este anhelo Señor Jefe de Gobierno, Don Miguel Ángel Mancera, considero que además de la eficacia policial se requieren de más cámaras de vigilancia que podrían instalarse en los pasillos, en los corredores o en lugares estratégicos, que permitan detectar y prevenirnos de la delincuencia.  Su gobierno, estimado Don Miguel tiene mucha experiencia en esta forma de combatir a los maleantes porque nos damos cuenta que sus resultados son muy buenos cuando las cámaras realmente funciona.  Y si a esta medida de seguridad y le agregamos la participación de los tlatelolcas, de sus administradores de los edificios y de la subdelegación, bien podríamos obtener, conjuntamente, la confianza y a la serenidad deseada.

Vivir en Tlatelolco, no es sólo el nombre de la Revista de la localidad que dirige Don Antonio Fonseca y su grupo de colaboradores. No, Vivir en Tlatelolco es un privilegio, pues entre sus habitantes aún hay gente generosa y distinguida.  Por esto y por mucho más, vivir en Tlatelolco o estar en él, es un gran honor.

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