viernes, 19 de septiembre de 2014

El 85 en Tlatelolco

1985 edificio Nuevo León

TERREMOTO   EN   EL   D. F.   1985

El transcurso de nuestra vida transcurre en los tres tiempos Pasado. Presente y Futuro. El pasado que nos enseña de los errores y aciertos, para que en el presente no repitamos los errores y aprovechemos los aciertos. Y en el futuro enfrentemos los acontecimientos en mejores condiciones.
El siguiente relato nos muestra una dramática experiencia del pasado que nos invita a la reflexión y disfrutar nuestro estado de confort en el presente. Y tomar las medidas preventivas para que en el Futura no ser afectados en nuestra integridad física de nuestra familia y seres queridos. Pues recordemos que nos encontramos en zona sísmica.
NOTA: El presente relato es real. Amor fraternal.
                                                                                                                                   Fernando Mendoza

En Septiembre de 1985 vivía con mis dos hijos en el quinto piso del edificio Baja California en Tlatelolco. Apenas en Agosto había muerto mi esposa; yo estaba tratando de organizarme para salir adelante, así fuera transitoriamente, con una niña de trece años y un hijo de cinco. En este asunto estaba recibiendo una fuerte ayuda de mi hermano Fausto Ismael y su esposa Cristina, quienes Vivian, con sus hijos de nueve, cinco y tres años en el piso 11 del Nuevo León. Desde algunas de las ventanas de mi departamentose veía la enorme fachada del edificio Nuevo León. Yo podía ver las ventanas de mi hermano y él podía ver las mías. Esta circunstancia se había convertido en un medio de comunicación entre nosotros. En no pocas madrugadas, las solitarias luces del departamento de Fausto Ismael me avisaban de su regreso a casa. Mi relación con él era muy estrecha. Yo le llevaba dos años de edad y desde nuestra llegada a la Ciudad de México, a mediados de los sesentas, me había convertido en una especie de segundo padre para él.
Cinco meses antes del 19 de Septiembre de 1985, el edificio Nuevo Leónexhibía en su fachada que da hacia el Paseo de la Reforma una gran manta con una denuncia y una demanda. Ahí se advertía que el edificio necesitaba una fuerte reparación en sus cimientos y se hacía responsable a una agencia gubernamental (ya no recuerdo si BANOBRAS o FONHAPO) de lo que pudiera ocurrir. (Fue la crónica de una muerte anunciada).
El 19 de septiembre fue un día muy claro, hasta luminoso. Alrededor de las siete de la mañana mi hija se alistaba para ir a una secundaria cerca y mi hijo pequeño aun dormía. A las 7:19 empezaron las primeras oscilaciones, como las de cualquier temblor ordinario a los que estamos acostumbrados los habitantes de la Ciudad de México. Unos segundos después nos dimos cuenta que se trataba de un temblor grande, muy grande. Tome a mi hijo dormido entre mis brazos y adoptamos inútil y ridículo consejo popular de ponernos bajo el marco de la puerta. Desde ahí, no quitábamos la vista del Nuevo León. Las oscilaciones eran impresionantes y más o menos a los treinta segundos de iniciado el temblor, el Nuevo León se empezó a colapsar.
Cuando el temblor y el derrumbe habían terminado, bajamos por las escaleras y le comente a mi hija que una vez que encontráramos a su tío nos iríamos para siempre de esta ciudad enemiga. Encargue a mis hijos con unos vecinos en un pequeño jardín y corrí hacia el Nuevo León que estaba envuelto en polvo y dolor. La certeza de haber perdido a mis familiares fue inmediata. El piso y el techo de su departamento formaban un apretado sándwich. Tuve que rodear el edificio por Paseo de la Reforma para intentar escalar los escombros. Al dar la vuelta y entre la nube de polvo, me encontré al hijo mayor de mi hermano que unos minutos antes había salido para ir a la escuela. Nos abrasamos y empecé a hacerle falsas promesas sobre el rescate de sus padres, sus hermanos y su abuelo materno que estaba pasando unos días con ellos. Atónito, no me contesto nada, ni siquiera lloraba. Lo lleve con mis hijos a casa de unas tías, ahí mismo en Tlatelolco, y regrese al Nuevo León.
Fueron ocho días de rescate, y olor a muerte. Desde los primeros minutos los héroes civiles, hombres y mujeres de todas las edades. Sorprendía e irritaba ver el cinturón de guardias con las botas limpias que solo tenían órdenes de evitar el pillaje. El trabajo duro lo hacían los demás, no las fuerzas más fuertes del país. Después de gritos y protestas participaron un poco, solo un poco. Al octavo día y gracias a una brigada israelí que atendió mi sugerencia sobre el sitio preciso en el que había que buscar mis cuerpos, estos aparecieron. Estaban todos juntos: Mi hermano con un hijo en sus brazos, mi cuñada con otro. Fueron muchos (decenas) los amigos que pasaron días y noches ayudando. Algunos de ellos me acompañaron al panteón civil de Dolores en donde cremaron los cuerpos. Propuse a la familia de mi cuñada mesclar las cenizas y dividirlas en dos. Una mitad está ahora en Sinaloa (nuestra tierra) y la otra en Coahuila (la de mi cuñada). El hijo de mi hermano que sobrevivió vive ahora en Saltillo. Es callado, muy buen estudiante y se parece a su papa. Mis hijos y yo nos fuimos para siempre de esta ciudad y después de dos años regresamos.
                                                       Hermano te extraño, hermano te quiero
                                                               Y ya no estas, nunca estarás.
                                                     Te recuerdo de niño, te recuerdo de adulto,
        Cerca de mí, lejos de mí,
                                                      En un tren, en un terreno baldío, en un rio.
                                                                    Cerca de mí, lejos de mí,
                                                                       Hermano te extraño.

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