martes, 10 de febrero de 2015

La comunidad como proyecto necesario… e inacabado

Aurelio Cuevas (Sociólogo)

El antropólogo Marc Augé en su reciente libro La comunidad ilusoria (Edit. Gedisa, 2012, 45 pág.) plantea ideas sugerentes acerca de como se perfila la convivencia humana en una sociedad cada vez más inundada de tecnología, sobre todo en la comunicación y la transmisión de imágenes, factor que altera hondamente la manera en que los individuos perciben y viven su realidad cotidiana.

Para el autor el mundo actual es “un mundo de la discontinuidad y de la prohibición: ciudades privadas, barrios privados, residencias ‘securizadas’. Solo accedemos al consumo mediante códigos (sean códigos de acceso a viviendas u oficinas, tarjeta de crédito, teléfonos móviles o tarjetas especializadas creadas por los hipermercados, las compañías aéreas y otras).” Pero también estamos insertos en una “estética de la distancia que tiende a hacernos ignorar estos efectos de ruptura. Las fotos tomadas desde satélites de observación, las vistas aéreas, nos habitúan a una visión global de las cosas. Los edificios de oficinas o viviendas  educan la mirada, al igual que el cine y, mas aún, la televisión.” (pp. 9-10).

Este breve y ameno libro lleva a pensar el mundo en que vivimos como un ámbito donde nuestra identidad personal y colectiva se encuentran en continua redefinición; nuestro tiempo fuerza al individuo a adaptarse a cambios acelerados que pueden conducir a resultados opuestos: por un lado está la tendencia global a que la uniformidad de estilos de vida desemboca en un “mundo sin fronteras”, y por otro lado se presenta el reforzamiento de una mentalidad social cerrada y defensora de formas de existencia tradicionales, que levanta barreras territoriales y culturales entre los distintos pueblos o naciones.

Ante tal panorama M. Augé plantea que no deben negarse las fronteras existentes en el planeta sino respetarlas y franquearlas, con la mira de que su traspaso implique tanto aceptar la singularidad del “otro” como ampliar el horizonte de entendimiento de la propia identidad. A su juicio las migraciones actuales de un continente a otro -o en un mismo continente- hacen posible que la conducta de infinidad de individuos ya no se amolde a su comunidad de pertenencia, portadora de la tradición y las costumbres heredadas, sino que -más bien- tanto su mentalidad como sus actitudes respondan a las necesidades de una integración comunitaria orientada al futuro.

Una idea central del autor es que se debe romper con la idea del “destino” como algo que somete al individuo a la costumbre inamovible o a la ausencia de elección en el medio de pertenencia. Para ello es indispensable entender la noción de frontera con las características aludidas para captar al individuo en su esfuerzo por sacudirse los determinismos que lo someten (culturales, económicos o territoriales) y de labrarse el porvenir. En este sentido el impulso de una nueva educación que atraviese fronteras y culturas, el “transculturalismo”, se está convirtiendo en una exigencia central de un planeta cada vez más globalizado.

Junto a lo anterior M. Augé compara a la “comunidad” con un “universo en expansión”. La comunidad familiar y la referencia local son inseparables como punto de partida de diversas vidas personales que tienden a acercarse o separarse – y a crear descendientes que se dispersan en el espacio- en virtud de múltiples circunstancias; todo ello provoca que a través del tiempo dicha comunidad tienda a desaparecer…y a generar nuevas comunidades familiares.
En todo caso la perduración de la “comunidad familiar”–así como de otras comunidades- solo ocurre a través del juego de los vínculos individuales (con personas, lugares y recuerdos), los cuales son “fronteras sutiles que instauran demarcaciones y correspondencias en el espacio y el tiempo, en el presente y el pasado; estos vínculos no son evidentes; uno solo los reactiva si quiere y si puede; son al mismo tiempo una huella, un signo y una llamada.” (pp. 27-28).

En consecuencia los lazos comunitarios no son algo fijo o permanente sino que se construyen y des-construyen en la medida que el individuo se manifiesta como “un ser relacional existencialmente abierto, ofrecido al exterior y a la alteridad” (pág. 31). En síntesis, la propuesta de M. Augé sería la siguiente: “el bien común y la idea de la comunidad…solo existen en estado ideal y de proyecto” (pág. 35) (las cursivas son mías). 

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