viernes, 30 de septiembre de 2016

El debate (Hilary Clinton: fe en el progreso)

Alejandro Mario Fonseca
Debatir es discutir, es disputar, contender; también es “guerrear”, pelear con ideas, con propuestas. Los debates son esenciales en todo sistema político democrático. El objetivo de los debates es convencer, ganar votos. El debate al que asistimos en vivo y en directo el pasado lunes por la noche entre Hilary Clinton y Donald Trump pasará a la historia por varias razones.
La primera razón, la más cacareada tal vez sea la del número de espectadores. Según las principales cadenas de televisión que lo transmitieron, fuimos más de 80.9 millones de personas los que lo vimos. Yo creo que fuimos muchos más si tomamos en cuenta a los que lo vieron diferido.
Y también estamos los que lo vimos de nuevo, ya con calma, fuera de apasionamientos al día siguiente. Pero además estamos los que estudiamos el debate, los que tuvimos el interés en desmenuzarlo, en aprender de él. Y esta segunda razón no entra en las estadísticas.
Y es que lo que se está jugando en las campañas por la presidencia de los Estados Unidos no es para menos. Se trata ni más ni menos que del progreso, del futuro de la humanidad.

Clinton y Trump
La idea de progreso
El término progreso empezó a utilizarse en el siglo XVIII como una divisa intelectual que esgrimían los partidarios de la modernidad como proyecto de la Ilustración. Más tarde se empezó a hablar de la búsqueda de una “ley del progreso” para fundamentar un concepto más amplio que incluía costumbres, ideas, instituciones y conocimientos: el concepto de civilización.
Ya avanzado el siglo XIX la idea de progreso se volvió popular cuando se vinculó con los términos sociedad y cultura. Su popularidad se debió en gran medida a las esperanzas de un futuro mejor, alentadas por los triunfos de la técnica y de la ciencia aplicada. La primera Revolución Industrial que había iniciado  en Inglaterra, Francia y los Países Bajos, se propagó por todo el mundo, especialmente en los Estados Unidos.
Sin embargo, la idea de progreso es mucho más antigua, es una idea judeo cristiana. En sus 25 siglos de vida esta idea ha logrado sobrevivir y vencer, no siempre y no como quisiéramos,  muchas adversidades: la pobreza, el hambre, las guerras; y ya más recientemente, las depresiones económicas, las épocas de tiranía tanto religiosa como política, los abusos, la corrupción, el terrorismo, y un largo etcétera.
Ya en el siglo XX primero los sociólogos y después los economistas y los politólogos, empezaron a hablar de modernización, un concepto que a todas luces es heredero directo de la idea de progreso.

Una cuestión de fe y de ética
Y a pesar de todas las adversidades, los seres humanos seguimos teniendo fe en el progreso. ¿Por qué? Porque se trata de una idea compleja, cuyas premisas básicas son:
1.        La fe en el valor del pasado y la convicción de que la civilización occidental es noble y superior a las otras;
2.        La aceptación del valor del crecimiento económico y los adelantos tecnológicos;
3.        La fe en la razón y en el conocimiento científico  y erudito que nace de la ética; y
4.        La fe en la importancia intrínseca, en el valor inefable de la vida en el universo.
En suma, la idea de progreso posee claras connotaciones morales. Implica fe en un futuro mejor, un cambio lineal, acumulativo y orientado hacia un objetivo: la perfectibilidad y felicidad del ser humano.
Hilary Clinton debe ganar
Fríamente visto el debate del pasado lunes, Donald Trump no tiene nada que hacer como presidente de los Estados Unidos. Su mensaje es claro y contundente, está a favor del capitalismo salvaje, explotador, especulador, depredador, racista y contaminante. Su mensaje privilegia el egoísmo, la trampa la simulación y el robo. Además es cínico.
Hilary Clinton por el contrario, apunta a convertirse en la primera mujer que va a gobernar los Estados Unidos. Pero además y esto es lo más importante, todo indica que será la presidenta del cambio. Con su gobierno los Estados Unidos profundizarán una nueva y poderosa visión económica para el futuro: la economía volverá a crecer, pero ahora desde las regiones, desde las localidades, habrá millones de nuevos empleos y surgirá un futuro sostenible para nuestros hijos. (Continuará).
(Para los lectores que se interesen en el concepto de Progreso, les recomiendo el texto de Robert Nisbet, Historia de la idea de progreso, en el cual me base.)
 

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