lunes, 20 de febrero de 2017

¿Estamos gobernados por locos?

Alejandro Mario Fonseca
En mí artículo anterior inicié un acercamiento a los conceptos de razón y racionalidad. Mi interés no es meramente teórico, lo que intento es comprender cabalmente la exacerbada irracionalidad en la que vivimos.
Si la razón en el sentido más estricto es una actividad intelectual superior, la función más elevada de la inteligencia, la que establece una perfecta conexión entre el saber y el obrar. Entonces no solamente se requiere de preparación y de inteligencia, sino también de congruencia con lo que se dice y se hace.
Sin embargo, no todas las actividades humanas se prestan para cumplir con esta máxima del mundo moderno. Por ejemplo para los que se dedican a la investigación científica no hay mucho problema: cuentan con conceptos claros y precisos, y con instrumentos muy avanzados que les garantizan objetividad en sus experimentos.
Esto sucede en el ámbito de las ciencias naturales, el físico, el químico, el biólogo,… pueden intervenir a placer sobre los experimentos que realizan; al grado de que hoy en día no dejamos de asombrarnos con sus sorprendentes avances en todos los campos. Pensemos tan sólo en las tecnologías modernas  de la comunicación y la información. Además cuentan con una herramienta estratégica: las matemáticas.

Donald Trump, 
La racionalidad del científico
Sin embargo, esto no sucede con las ciencias sociales. El economista, el sociólogo y el científico de la política están muy limitados en su quehacer científico. Quizás su principal limitación es que no pueden actuar directamente sobre su ámbito de estudio. Además ni siquiera cuentan con un aparato conceptual claro y preciso.

Y es que la racionalidad es una forma histórica de  estructuración conceptual de la realidad, que corresponde a lo que la realidad es. Los físicos, los químicos, etc. han podido contar desde Newton con cuatro conceptos básicos (espacio, materia, tiempo y movimiento); y desde Einstein con cinco (sumando el concepto de energía) que les han permitido desarrollar exitosamente sus hipótesis, leyes, modelos, y teorías científicas.
En las ciencias sociales esto no es posible. Los conceptos con los que trabajan los politólogos, los economistas y demás, no son precisos, no son “neutrales”, están cargados de valoración.  La objetividad se les dificulta mucho. Por eso es que hay tantas escuelas, tantos puntos de vista enfrentados.

La racionalidad del político
Las distintas corrientes políticas se alinean en torno a valores, que comúnmente llamamos ideologías. Y así es como tenemos a los liberales, los conservadores, los laboristas, etc. Sus dirigentes suelen asesorarse por economistas, sociólogos y politólogos afines a sus ideologías. Unos privilegian la libertad, otros la conservación (seguridad), otros la igualdad, en fin… También la democracia suele considerase como un valor, aceptado por casi todos.

Y ya en el terreno de la política ¿cuál debería ser la racionalidad de un político moderno? Para responder esto, primero hay que delimitar el ámbito del ejercicio político. Y en términos fuertes (weberianos) estaríamos hablando del Estado moderno como aquella comunidad humana que, dentro de un determinado territorio (el “territorio” es el elemento distintivo) reclama para sí el monopolio de la violencia física legítima.

Y en este contexto, política significa la aspiración a participar en el poder o influir en la distribución del poder entre los distintos Estados o, dentro de un mismo Estado, entre los distintos grupos de hombres que lo componen.

Pero ese poder de los jefes políticos es muy difícil de ejercer, porque se materializa en la toma de decisiones, decisiones que pueden afectar mayor o menormente a las comunidades de que se trate.

La racionalidad instrumental
Entonces esa toma de decisiones no es tan sencilla, el jefe político requiere de equipo, de asesores experimentados, de administradores especialistas y de medios o instrumentos que le permitan convencer; y así de esta manera poder llevar adelante sus proyectos e implementar sus políticas.
Y aquí viene lo más importante. Todo esto no significa que el jefe político tenga que renunciar a la razón, a la racionalidad tal como la entendemos en el ámbito de las ciencias. Al contrario, tiene que ser muy cuidadoso, muy escrupuloso en su trabajo cotidiano. Y lo más importante, actuar con honradez, rodearse de los mejores colaboradores posibles, hacerles caso y apegarse estrictamente a la ley: en suma, actuar con responsabilidad.
Y esto es precisamente de lo que carecen nuestros actuales jefes políticos, tanto el mexicano como el gringo loco. No están actuando con responsabilidad. Su “racionalidad” es un instrumento lleno de mentiras, de verdades a medias, que a falta de una verdadera ideología, de un verdadero proyecto y de un verdadero interés por el bienestar social, les sirve para su propio beneficio y el de sus allegados.
Instrumental, la razón se confunde con el poder y por ahí renuncia a su fuerza crítica, ésta es la última desmitificación de una crítica de la ideología aplicada a sí misma.
Bibliografía: Weber, Max; Lo política como profesión y Adorno y Horkheimer;  Dialéctica de la Ilustración.

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